Cuentos cortos con moralejas: Las ranitas — Mundo Primaria

Cuentos cortos con moralejas: Las ranitas — Mundo Primaria

10 cuentos con moraleja que todo niño debería leer

Los cuentos son fundamentales en la vida de los niños. Son un recurso ideal para pasar un rato de calidad en familia mientras los peques aprenden un poco más sobre el mundo en el que viven. Sin embargo, las historias infantiles no solo son para entretenerse, también son una herramienta excelente para educar en valores a los niños y transmitirles valiosas enseñanzas de vida. Y, en este sentido, los cuentos con moraleja pueden convertirse en un gran aliado ya que no sólo ayudan a los peques a comprender mejor algunos fenómenos de la vida cotidiana, sino que les incentivan a reflexionar sobre lo que sucede en su entorno. He aquí algunas de esas historias cortas, pero con un profundo contenido, ideales para leer con los más pequeños de casa.

10 cuentos infantiles con moraleja para los más pequeños de casa

1. La gallina de los huevos de oro

Había una vez un pobre labrador que vivía en el campo. Solo podía sobrevivir gracias a la ayuda de una vaca a la que ordeñaba para alimentarse de leche y con otras frutas y verduras, que se encontraba por el campo. Un buen día, mientras trabajaba y se lamentaba de su mala suerte, un duende se acercó y le dijo:

– “Señor, he visto la situación tan precaria en que vives y quiero ayudarte a cambiar tu suerte. Te regalo esta gallina maravillosa que todos los días te pondrá un huevo de oro”.

El hombre, estupefacto y sin ser muy consciente de lo que había pasado, cogió la gallina y se la llevó a su corral, mientras el duende desaparecía.

A la mañana siguiente, el labrador acudió a ver a la gallina y se sorprendió cuando encontró un huevo de oro. Lo cogió, lo guardó a buen recaudo en una cestita y se dirigió a la ciudad con intención de venderlo. Allí lo puso en venta por un precio razonable y volvió a casa.

Al día siguiente regresó al corral para ver a la gallina y encontró otro huevo de oro y se alegro mucho. “Ya no existirán más días de penurias”, pensó el labrador. Así, cada día se levantaba temprano recogía el huevo de oro y lo vendía en el pueblo.

Poco a poco se estaba convirtiendo en el hombre más rico de la comarca, cuando un buen día pensó:

– ¿Por qué esperar todos los días a que la gallina ponga un huevo? Si la mato conseguiré toda la riqueza de golpe.

Y así lo hizo, mató a la gallina y la abrió, pero grande fue su sorpresa cuando no encontró nada, solo vísceras y tripas, era una gallina igual que las demás. De manera que se quedó sin la gallina y sin la fortuna.

Moraleja: La avaricia rompe el saco, así que mejor preocúpate de conseguir lo que quieres mediante el trabajo duro, el esfuerzo y a su debido tiempo.


2. El cedro vanidoso

Erase una vez un cedro presumido y tonto, que se jactaba a diario de su hermosura. El cedro vivía en medio de un jardín, rodeado de otros árboles más pequeños y menos bellos que él.

– ¡Soy en verdad digno de contemplar, y no hay nadie en este jardín que supere mi encanto!, repetía el cedro cada día.

Al llegar la primavera, los árboles comenzaron a dar hermosas frutas. Deliciosas manzanas tuvo el manzano, relucientes cerezas aportó el cerezo, y el peral brindó jugosas peras.

Mientras tanto, el cedro, que no podía dar frutos, se lamentaba angustiado:

– Mi belleza no estará completa hasta que mis ramas no tengan frutos hermosos como yo.

Entonces, se dedicó a observar a los demás árboles y a imitarlos en todo lo que hicieran para tener frutos. Finalmente, el cedro tuvo lo que pidió, y en lo alto de sus ramas, asomó un precioso fruto.

– Le daré de comer día y noche para que sea el más grande y hermoso de todos los frutos, exclamaba el cedro orgulloso de su creación.

Sin embargo, de tanto que llegó a crecer aquel fruto, no hizo más que torcer poco a poco la copa de aquel cedro. Con el paso de los días, el fruto maduró y se hizo cada vez más pesado, hasta que el cedro no pudo sostenerlo y su copa terminó completamente quebrada y arruinada.

Moraleja: Algunas personas son como los cedros, su ambición es tan grande que los lleva a perder todo cuanto tuvieron, pues no hay nada tan negativo como la vanidad.


3. Las dos serpientes

Había una vez dos serpientes que vivían tranquilas y felices en las aguas estancadas de un pantano. Allí tenían todo lo que necesitaban: insectos y pequeños peces para comer, sitio de sobra para moverse y humedad suficiente para mantener brillantes y en buenas condiciones sus pieles.

Todo era perfecto, pero sucedió que llegó una estación más calurosa de lo normal y el pantano comenzó a secarse. Las dos serpientes se quedaron, aunque cada día la tierra se resquebrajaba y se iba agotando el agua para beber. Les entristecía comprobar que su enorme y querido pantano de aguas calentitas se estaba convirtiendo en una mísera charca, pero era el único hogar que conocían y no querían abandonarlo.

Esperaron y esperaron las deseadas lluvias, pero éstas no llegaban. Así que, con mucho dolor, tuvieron que tomar la difícil decisión de buscar otro lugar para vivir. Una de ellas, la de piel más oscura, le dijo a la otra:

– Aquí solo ya solo quedan piedras y barro. Creo, amiga mía, que debemos irnos ya o moriremos.

– Tienes toda la razón, vayámonos ahora mismo. Tú ve delante, hacia el norte, que yo te sigo.

Entonces, la serpiente más oscura, que era muy inteligente y cautelosa, le advirtió:

– ¡No, eso es peligroso!

Su compañera dio un respingo.

– ¿Peligroso? ¿Por qué?

La sabia serpiente se lo explicó de manera muy sencilla:

– Si vamos en fila india los humanos nos verán y nos cazarán sin compasión ¡Tenemos que demostrar que somos más listas que ellos!

– ¿Más listas que los humanos? ¡Eso es imposible!

– Bueno, ya lo veremos. Escúchame atentamente: tú te subirás sobre mi lomo, pero con el cuerpo al revés y así yo meteré mi cola en tu boca y tú tu cola en la mía. En vez de dos serpientes pareceremos un ser extraño, y como los seres humanos siempre tienen miedo a lo desconocido, no nos harán nada.

– ¡Buena idea, intentémoslo!

La serpiente más clara se subió sobre la serpiente oscura y cada una sujetó con la boca la cola de la otra. Unidas de esa forma tan rara, comenzaron a reptar.  Al moverse sus cuerpos se bamboleaban cada uno para un lado formando una especie de ocho que se desplazaba sobre la hierba.

Como habían sospechado, en el camino se cruzaron con varios campesinos y cazadores, pero todos, al ver a un animal tan extraño, echaron a correr muertos de miedo, pensando que se trataba de un demonio o un ser de otro planeta.

El inteligente plan funcionó, y al cabo de varias horas, las culebras consiguieron su objetivo: muy agarraditas, sin soltarse ni un solo momento, llegaron a tierras lluviosas y fértiles donde había agua y comida en abundancia. Contentísimas, continuaron tranquilas con su vida en este nuevo y acogedor lugar.

Moraleja: Si alguna te surge un problema, lo mejor que puedes hacer es analizar todas las ventajas e inconvenientes de la situación. Si reflexionas con sabiduría, encontrarás una buena solución.


4. El rey que odiaba las batallas

Erase una vez un rey que gobernaba en Escocia y odiaba la violencia. No le gustaba la guerra ni practicar deportes que hicieran daño al medio ambiente como la tala de árboles, muy popular entre la nobleza.

El rey prefería quedarse en el interior de su castillo y dedicar su tiempo libre a dar paseos por sus jardines o a leer junto a la chimenea. Por el contrario, la reina se ahogaba dentro del castillo, bordar le parecía un aburrimiento y necesitaba salir a menudo para respirar el aire puro del campo.

Cuando el matrimonio hablaba de una posible batalla, la cara del rey se descomponía de miedo. Sin embargo, la reina sentía una emoción y un deseo desmedido por participar en una contienda.

Un buen día, los soldados pidieron a su majestad el rey que los dirigiera en un combate para acabar con los problemas de una parte del reino y el rey se puso muy nervioso. En la intimidad de la alcoba, el rey le dijo a la reina que se sentía muy mal por tener que acudir a la llamada de los soldados. La reina, preocupada por su esposo, le propuso ir ella al campo de batalla, en lugar de él y así procedieron. Lo prepararon de tal forma que nadie se enteró.

La reina pidió al rey que se encerrara en sus aposentos sin salir en todo el día, ni abriera la puerta, ni hablara con nadie. A continuación, la reina se puso la falda y el casco de rey y ocultando su cara y simulando una voz ronca, ordenó al servicio que le llevaran a la reina té y pastas, pero que las dejaran en la puerta de entrada al dormitorio. Posteriormente, se fue al campo de batalla a dirigir a los soldados.

La reina ganó la contienda y regresó a palacio a contarle a su esposo la victoria. Mientras tanto, el rey se había dedicado a deshacer y rehacer un bordado que la reina había comenzado. Al día siguiente, cientos de soldados se dirigieron al palacio a honrar a su rey por la victoria sin saber que el mérito era de su reina.

Sus majestades tuvieron cinco príncipes y cinco princesas y siempre que había una batalla, la reina se vestía de rey y se iba al campo de batalla. Así vivieron felices. Nadie, ni siquiera sus hijos, se enteraron nunca de que la reina no sabía dar una puntada y que el rey nunca pisó el campo de batalla.

Moraleja: Nadie tiene por qué cumplir con las expectativas marcadas por los demás si no está convencido de querer hacerlo.


5. El traje nuevo del emperador

Hace mucho tiempo atrás, vivía un emperador muy rico que siempre estaba pendiente de lucir las mejores prendas. Dos y tres veces en el mismo día, el emperador se cambiaba sus vestidos y se llenaba de lujosas joyas. Los sastres del reino trabajaban sin descanso para proveer a su señor de nuevos trajes, llenos de brillos y magníficas telas.

Cierto día, aparecieron en el reino dos ladrones muy bribones que decidieron estafar al emperador. Los ladrones aseguraban poseer las mejores telas, y confeccionar ajuares nunca antes vistos. Como era de esperar, el emperador quedó deslumbrado por las promesas de los ladrones y les pagó una gran suma de dinero para que comenzaran a trabajar.

Durante varios días, los bribones se quedaron en una habitación del palacio simulando que tejían hermosos vestidos, pero en realidad, solo se dedicaban a cobrar más oro y beber y comer a sus anchas. El emperador, deseoso de conocer cómo avanzaba la obra, envió un sirviente a la habitación de los ladrones.

Al llegar al lugar, el joven sirviente quedó consternado cuando vio el telar vacío, pero los ladrones le aseguraron que el vestido estaba hecho de una tela mágica y que los tontos e ignorantes no eran capaces de verla. “¡Claro que la veo! ¡Es hermosa!” exclamó el sirviente con temor a parecer tonto, y regresó a contarle a su señor.

El emperador, sin poder contener su curiosidad, partió a contemplar la obra maestra. Al llegar quedó sorprendido de no ver nada, pero como no podía parecer ignorante delante de los súbditos, disimuló su sorpresa y exclamó con alegría: “¡Es hermoso! ¡Nunca había visto nada tan maravilloso en mi vida!”. Y decidió llevarlo puesto en la ceremonia del palacio al día siguiente.

Cuando llegó la hora, el emperador salió ante su pueblo completamente desnudo. Las personas miraban aturdidas el espectáculo, pero nadie se atrevía a pronunciar palabra alguna. A pesar de los murmullos, el emperador prosiguió la marcha, convencido que todo aquel que le miraba asombrado, era por pura ignorancia y estupidez, cuando en realidad ¡Era todo lo contrario!

Moraleja: Nunca debemos llevarnos por criterios ajenos por temor a la vergüenza. Tu voz y criterio propio es la mejor manera de mostrarte a los demás.


6. El león y el ratón

Erase una vez un león que dormía plácidamente cuando un pequeño ratoncito se le subió encima y comenzó a jugar con su rabo. El león, al notar algo que le hacía cosquillas, se despertó sobresaltado y cogió al ratón con sus garras con intención de comérselo.

Antes de ser devorado por el león el ratón suplicó por su vida:

– Señor León, usted que es el rey de la selva y es respetado por todos los animales del bosque, por favor apiádese de este pobre ratón y no me coma. No le serviré ni para un bocado apetitoso. Yo le prometo que no volveré a molestarle y si algún día necesitase mi ayuda, le serviré con gusto, pues quedaré en deuda con usted.

– ¿Servirme tú a mí con lo pequeño que eres?, le respondió el león. No sé en qué podrías ayudarme, pero me has hecho reír tanto que te perdonaré la vida y te dejaré marcha, concluyó el león.

Un buen día, años más tarde el león se vio inmerso en una situación desagradable para él: cayó en una trampa que había sido preparada por unos cazadores furtivos y se encontraba atrapado en una red y lleno de ira rugía sin parar. Por casualidad el pequeño ratón andaba por la zona y acudió en su auxilio al oír los rugidos de pena y socorro.

Al ver al león tan indefenso, el pequeño ratón recordó cómo le había perdonado la vida años atrás y aún arriesgándose a ser atrapado de nuevo, decidió prestarle su ayuda. El ratoncito fue rompiendo la soga con sus dientes hasta que consiguió liberar al león de la trampa. El león se salvó de ser cazado y le agradeció enormemente que le hubiera salvado la vida. Ambos se hicieron muy amigos y vivieron felices.

Moraleja: No hay que menospreciar a nadie porque todos podemos necesitar en algún momento la ayuda del más débil y pequeño de los seres.


7. El perro y su reflejo

Había una vez un granjero que vivía tranquilo porque tenía la suerte de que sus animales le proporcionaban todo lo que necesitaba para sobrevivir y ser feliz.

Mimaba con cariño a sus gallinas y éstas le correspondían con huevos todos los días. Sus queridas ovejas le daban lana, y de sus dos hermosas vacas, a las que cuidaba con mucho esmero, obtenía la mejor leche de la zona.

Era un hombre solitario y su mejor compañía era un perro fiel que no sólo vigilaba la casa, sino que también era un experto cazador. El animal era bueno con su dueño, pero tenía un pequeño defecto: era demasiado altivo y orgulloso. Siempre presumía de que era un gran olfateador y que nadie atrapaba las presas como él. Convencido de ello, a menudo le decía al resto de los animales de la granja:

– Los perros de nuestros vecinos son incapaces de cazar nada, son unos inútiles. En cambio, yo cada semana obsequio a mi amo con alguna paloma o algún ratón al que pillo despistado ¡Nadie es mejor que yo en el arte de la caza!

Era evidente que el perro se tenía en muy alta estima y se encargaba de proclamarlo a los cuatro vientos. Un día, como de costumbre, salió a dar una vuelta. Se alejó del cercado y se entretuvo olisqueando algunos arbustos que encontró por el camino, con la esperanza de conseguir un nuevo trofeo que llevar a casa. El día no prometía mucho. Hacía calor y los animales dormían en sus madrigueras sin dar señales de vida.

– ¡Qué mañana más aburrida! Creo que me iré a casa a descansar sobre la alfombra porque hoy no hay nada que cazar.

De repente, una paloma pasó rozando su cabeza. El perro, que tenía una vista envidiable y era ágil como ninguno, dio un salto y, sin darle tiempo a que reaccionara, la atrapó en el aire. Agarrándola bien fuerte entre los colmillos y sintiéndose un auténtico campeón, tomó el camino de regreso a la granja por la orilla del río.

El verano se acercaba y ya había comenzado el deshielo de las montañas. Al perro le llamó la atención que el caudal era mayor que otras veces y que el agua bajaba con más fuerza que nunca. Sorprendido, suspiró y se dijo a sí mismo:

– ¡Me encanta el sonido del agua! ¡Y cuánta espuma se forma al chocar contra las rocas! Me acercaré a la orilla a curiosear un poco.

Siempre le había tenido miedo al agua, así que era la primera vez que se aproximaba tanto al borde del río. Cuando se asomó, vio su propio reflejo aumentado y creyó que en realidad se trataba de otro perro que llevaba una presa mayor que la suya.

¿Cómo era posible? ¡Si él era el mejor cazador de que había en toda la zona! Se sintió tan herido en su orgullo que, sin darse cuenta, soltó la paloma que llevaba en las fauces y se lanzó al agua para arrebatar el botín a su supuesto competidor.

– ¡Dame esa pieza! ¡Dámela, bribón!

Como era de esperar, lo único que consiguió fue darse un baño de agua helada, pues no había perro ni presa, sino tan solo su imagen reflejada. Cuando cayó en la cuenta, se sintió avergonzado. A duras penas consiguió salir del río tiritando de frío y encima, vio con estupor cómo la paloma que había soltado, sacudía sus plumas, remontaba el vuelo y se perdía entre las copas de los árboles. Empapado, con las orejas gachas, regresó a su hogar sin nada y con la vanidad por los suelos.

Moraleja: Si has conseguido algo gracias a tu esfuerzo, siéntete satisfecho y no intentes tener lo que tienen los demás. Sé feliz con tus méritos porque envidiando al resto, puedes perder lo que has conseguido.


8. La confianza

Un buen día de verano, estaban tres buenos amigos que iban siempre juntos conversando mientras paseaban. Uno de ellos preguntó qué pasaría en el futuro cuando sus caminos se separasen. Los otros dos se miraron y quedaron pensativos reflexionando sobre dónde irían. Uno de ellos dijo:

– Seremos el agua, el fuego y la confianza.

Tras unos instantes, el agua comentó:

– Si algún día nuestros caminos se separan y queréis encontrarme, buscarme en algún lugar muy húmedo, como un río o un prado.

Los amigos asintieron con la cabeza. Entonces prosiguió el fuego:

– Chicos si algún día nos separamos y queréis hallarme, buscarme en lugares calurosos y secos.

Los otros dos colegas se miraron y se sonrieron con complicidad.  Finalmente, la confianza habló:

– Pues si algún día nos separamos, no me busquéis, porque jamás volveréis a encontrarme.

Moraleja: No defraudes a la gente que amas, porque la confianza nunca se recupera del todo. Se necesitan mucho tiempo para construirla y tan solos unos segundos para perderla.


9. Piel de oso

Erase una vez un joven campesino que se encontraba extraviado en medio de un bosque. Después de mucho caminar, el jovenzuelo se encontró a orillas de un río con un duende muy simpático.

– Buen día, joven. Si matas a ese oso detrás de ti, no quedará duda de lo valiente que eres, le dijo el duendecillo y señaló hacia unos arbustos donde se escondía un oso aterrador.

El joven, sin dudarlo, mató a la bestia rápidamente y regresó hacia el duende.

– Ahora debes llevar esa piel durante tres años. Si no te la quitas en ese tiempo, te regalaré un morral lleno de oro que nunca quedará vacío.

El campesino aceptó sin dudarlo y se marchó del lugar disfrazado de oso. Sin embargo, en todos los lugares que visitaba le rechazaban y los hombres salían armados a su encuentro y le espantaban con pedradas. De tanto huir espantado, el joven campesino disfrazado de oso logró hallar refugio en la choza de Ilse, una muchacha radiante y bella que tuvo compasión del oso y le protegió desde entonces.

– ¿Quieres casarte conmigo, hermosa Ilse?, le preguntó un buen día Piel de Oso, porque así le llamaban al campesino.

– Estaré encantada de ser tu esposa, pues tú necesitas de alguien que te cuide, le respondió la dulce muchacha sin pensarlo.

Desde ese momento, Piel de Oso deseaba que el tiempo pasara volando, para poder quitarse el disfraz y cumplir así su promesa al duende. Transcurridos tres años, el muchacho salió en busca del duende para obtener su recompensa.

– Qué bueno es saber que no has fallado a tu parte del trato, jovenzuelo, exclamó el duendecillo al verle y le mostró a Piel de Oso un morral lleno de pepitas de oro. Aquí tienes lo prometido, un morral que siempre estará lleno de oro.

El muchacho, con una alegría inmensa, regresó a casa de su amada Ilse, la cual se encontraba llorando desconsolada porque había perdido a su prometido Piel de Oso. Al ver al campesino entrar en su choza no le reconoció, y cuando este le pidió casarse con ella, la hermosa Ilse se negó completamente, pues sólo se casaría con su amado Piel de Oso.

– ¿Acaso no reconoces el amor en mis ojos, querida Ilse?, preguntó el joven.

La joven le reconoció en el acto, se abrazaron profundamente y decidieron casarse en el instante. Desde entonces, vivieron felices y repartieron el oro entre los más pobres.

Moraleja: A veces las apariencias engañan, por lo que no te dejes guiar por la primera impresión y dedica tiempo a conocer cómo son las personas por dentro. A veces lo esencial es invisible a los ojos.


 10. El ratón listo y el águila avariciosa

Muy lejos de aquí, en lo alto de una escarpada montaña de la cordillera de los Andes, vivía un águila que se pasaba el día volando en busca de alguna presa.

Una aburrida mañana, con sus potentes ojos oscuros, distinguió un ratón que correteaba nervioso sobre la tierra seca. Batió fuertemente las alas, emprendió el vuelo y se plantó junto a él antes de que el animalillo pudiera reaccionar.

– ¡Hola, ratón! ¿Puedo saber qué estás haciendo? ¡No paras de moverte de aquí para allá!

El roedor se asustó muchísimo al ver el gigantesco cuerpo del águila frente a él, pero simuló estar tranquilo para aparentar que no sentía ni pizca de miedo.

– No hago nada malo. Solo estoy buscando comida para mis hijos.

En realidad, al águila le importaba muy poco la vida del ratón. El saludo no fue por educación ni por interés personal, sino para ganarse su confianza y poder atraparlo con facilidad ¡Hacía calor y no tenía ganas de hacer demasiados esfuerzos!

Como ya lo tenía a su alcance, le dijo sin rodeos:

– Pues lo siento por ti, pero tengo mucha hambre y voy a comerte ahora mismo.

El ratoncito sintió que un desagradable calambre recorría su cuerpo. Tenía que escapar como fuera, pero sus posibilidades eran mínimas porque el águila era mucho más grande y fuerte que él. Solo le quedaba un recurso para intentar salvar su vida: el ingenio. Así que, armándose de valor, sacó pecho y levantó la voz.

– ¡Escúchame con atención, te propongo un trato! Tú no me comes, pero a cambio te doy a mis ocho hijos.

El águila se quedó pensativa unos segundos ¡La oferta parecía bastante ventajosa para ella!

– ¿A tus hijos? ¿Y dices que son ocho?

– ¡Sí, ocho son! Yo que tú no me lo pensaba demasiado porque claramente sales ganando ¿No te parece?

Al águila le pudo la codicia.

– Está bien ¡Acepto! ¡Llévame hasta tus crías inmediatamente! Además, hace horas que no pruebo bocado y si no como algo, voy a desmayarme.

El ratón, sudando a chorros, pero intentando conservar la calma, comenzó a caminar seguido por el águila, que iba pisándole los talones y no le quitaba ojo. Al llegar a una cuevita del tamaño de un puño, le dijo:

– Eres demasiado grande para entrar en mi casa. Aguarda aquí afuera, que ahora mismo te traigo a mis pequeños.

– De acuerdo, pero más te vale que no tardes.

El ratón metió la cabeza en el oscuro agujero y desapareció bajo tierra. Pasaron unos minutos y el águila empezó a inquietarse porque el ratón no regresaba.

– ¡Vamos, maldito roedor! ¡Date prisa, que no tengo todo el día!

El águila permaneció quieta frente a la cueva casi una hora y harta de esperar, comprendió que el ratón se había burlado de ella. Acercó el ojo al orificio y gracias a su buena vista distinguió un profundo túnel que se comunicaba con un montón de galerías kilométricas, cada una en una dirección.

– ¡Este ratón ha huido con sus crías por uno de los pasadizos! ¡Se ha burlado de mí!

Enfadada consigo misma y avergonzada por no haber sido más lista, se lamentó:

– ¡Eso me pasa por avariciosa! ¡Tenía que haberme comido al ratón!

Así fue cómo el astuto ratoncito logró salvar su vida y llevarse bien lejos a su querida familia, mientras que el águila tuvo que regresar a la cima de la montaña con el estómago vacío.

Moraleja: El ansia por tener más de lo que necesitamos puede despojarnos al final de todo lo que tenemos. Más vale pájaro en mano que ciento volando.

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