Cuentos cortos e interesantes para niños: Cuentos infantiles para leer cortos, gratis + audio cuentos

Cuentos cortos e interesantes para niños: Cuentos infantiles para leer cortos, gratis + audio cuentos

Nueve cuentos cortos con mensaje para leer a los niños a la hora de dormir

Una bonita costumbre que podéis poner en práctica cada noche si todavía no lo hacéis, y de la que todos disfrutaréis, es leerles un cuento a los niños a la hora de dormir. Es una experiencia muy bonita, además de ser muy enriquecedora para ellos, tanto desde el punto de vista emocional como para su desarrollo y adquisición del lenguaje.

Os dejamos nueve relatos cortos infantiles con valiosos mensajes de grandes autores como los Hermanos Grimm, Hans Christian Andersen, Oscar Wilde o La Fontaine. Podéis leerlos en pocos minutos, y algunos van acompañados de vídeos que los niños pueden ver.

1) ‘El clavo’: cuento infantil de los Hermanos Grimm

Después de haber hecho muy buenos negocios en la feria, vender todas sus mercancías y llenar su bolsa de oro y de plata, quería un comerciante ponerse en camino para llegar a su casa antes de la noche. Metió su dinero en la maleta, la ató a la silla y montó a caballo. Detúvose al medio día en una ciudad, y cuando iba a partir le dijo el mozo de la cuadra al darle su caballo:

–Caballero, le falta a vuestro caballo un clavo en la herradura del pie izquierdo trasero.

–Está bien –contestó el comerciante–; la herradura resistirá todavía seis leguas que me restan que andar. Tengo prisa.

Por la tarde, bajó otra vez para dar de comer un poco de pan a su caballo. El mozo salió a su encuentro y le dijo:

–Caballero, vuestro caballo está destrozado del pie izquierdo; llevadle a casa del herrador.

–No, no hace falta –contestó–; para dos leguas que me quedan que andar aún puede andarlas mi caballo así como está. Tengo prisa.

Montó y partió. Pero poco después comenzó a cojear el caballo, algo más allá empezó a tropezar, y luego no tropezaba ya sino que cayó con una pierna rota.

El comerciante se vio obligado a dejar allí al animal, a desatar su maleta, echársela a las espaldas y volver a pie a su casa, donde no llegó hasta muy entrada la noche.

–Aquel maldito clavo del que no quise hacer caso –murmuraba para sí– ha sido la causa de todas mis desgracias.

  • Mensaje: corre despacio, no te apresures por llegar antes

2) ‘El cuento de las mentiras’, de los Hermanos Grimm

Voy a contaros una cosa. He visto volar a dos pollos asados; volaban rápidos, con el vientre hacia el cielo y la espalda hacia el infierno; y un yunque y una piedra de molino nadaban en el Rin, despacio y suavemente, mientras una rana devoraba una reja de arado, sentada sobre el hielo, el día de Pentecostés.

Tres individuos, con muletas y patas de palo, perseguían a una liebre; uno era sordo; el otro, ciego; el tercero, mudo. Y el cuarto no podía mover una pierna. ¿Queréis saber qué ocurrió?

Pues el ciego fue el primero en ver correr la liebre por el campo; el mudo llamó al tullido, y el tullido la agarró por el cuello. Unos, que querían navegar por tierra, izaron la vela y avanzaron a través de grandes campos, y al cruzar una alta montaña naufragaron y se ahogaron.

Un cangrejo perseguía una liebre, y a lo alto de un tejado se había encaramado una vaca. En aquel país, las moscas son tan grandes como aquí las cabras.

Abre la ventana para que puedan salir volando las mentiras.

  • Mensaje: las mentiras deben salir a la luz

3) ‘La princesa y el guisante’, de Hans Christian Andersen

Hace muchísimo tiempo, había un príncipe que buscaba esposa. Tenía menudo problema el joven, pues deseaba casarse con una princesa auténtica. Recorrió el mundo entero y conoció a muchas princesas, pero todas ellas tenían algún aspecto sospechoso que le impedía saber si eran verdaderas.

Por tanto, se dio por vencido y retornó a su reino.

Cierta noche en que una tormenta terrible arreciaba, sintieron que alguien golpeaba en el castillo.

Cuando el sirviente regresó, lo acompañaba una joven empapada que aseguraba ser una princesa.

La reina no creyó en su palabra y dispuso una prueba. Ordenó al ama de llaves que preparara el lecho para la princesa y le dio instrucciones de cómo hacerlo.

El ama obedeció a la reina y colocó un guisante sobre la cama y sobre éste, colocó veinte colchones y sobre ellos veinte edredones. Así estuvo listo el lecho para la princesa.

La princesa pasó la noche en la recámara que le asignaron y a la mañana siguiente, cuando se levantó y bajó a desayunar, los reyes le preguntaron cómo había pasado la noche, a lo que respondió:

-No pude pegar un ojo. Había algo duro en la cama y tengo el cuerpo lleno de magulladuras.

Al oír esto, los reyes supieron que estaban delante de una verdadera princesa, pues solamente una, podría sentir el guisante debajo de tantos colchones.

Esta noticia puso feliz al príncipe, quien le propuso matrimonio de inmediato. La princesa aceptó y se casaron.

El guisante fue llevado al museo, donde todavía se exhibe, a menos que alguien lo haya comido.

  • Mensaje: las cosas no siempre son lo que parecen.

4) ‘El traje nuevo del emperador, de Hans Christian Andersen

Había una vez un emperador al que le encantaban los trajes. Destinaba toda su fortuna a comprar y comprar trajes de todo tipo de telas y colores. Tanto que a veces llegaba a desatender a su reino, pero no lo podía evitar, le encantaba verse vestido con un traje nuevo y vistoso a todas horas. Un día llegaron al reino unos impostores que se hacían pasar por tejedores y se presentaron delante del emperador diciendo que eran capaces de tejer la tela más extraordinaria del mundo.

-¿La tela más extraordinaria del mundo? ¿Y qué tiene esa tela de especial?

-Así es majestad. Es especial porque se vuelve invisible a ojos de los necios y de quienes no merecen su cargo.

-Interesante… ¡entonces hacedme un traje con esa tela, rápido! Os pagaré lo que me pidáis.

Así que los tejedores se pusieron manos a la obra.

Pasado un tiempo el emperador tenía curiosidad por saber cómo iba su traje pero tenía miedo de ir y no ser capaz de verlo, por lo que prefirió mandar a uno de sus ministros. Cuando el hombre llegó al telar se dio cuenta de que no había nada y que lo que los tejedores eran en realidad unos farsantes pero le dio tanto miedo decirlo y que todo el reino pensara que era estúpido o que no merecía su cargo, que permaneció callado y fingió ver la tela.

-¡Qué tela más maravillosa! ¡Que colores! ¡Y qué bordados! Iré corriendo a contarle al emperador que su traje marcha estupendamente.

Los tejedores siguieron trabajando en el telar vacío y pidieron al emperador más oro para continuar. El emperador se lo dio sin reparos y al cabo de unos días mandó a otro de sus hombres a comprobar cómo iba el trabajo.

Cuando llegó le ocurrió como al primero, que no vio nada, pero pensó que si lo decía todo el mundo se reiría de él y el emperador lo destituiría de su cargo por no merecerlo así que elogió la tela.

-¡Deslumbrante! ¡Un trabajo único!

Tras recibir las noticias de su segundo enviado el emperador no pudo esperar más y decidió ir con su séquito a comprobar el trabajo de los tejedores. Pero al llegar se dio cuenta de que no veía nada por ningún lado y antes de que alguien se diera cuenta de que no lo veía se apresuró a decir:

-¡Magnífico! ¡Soberbio! ¡Digno de un emperador como yo!

Su séquito comenzó a aplaudir y comentar lo extraordinario de la tela. Tanto, que aconsejaron al emperador que estrenara un traje con aquella tela en el próximo desfile. El emperador estuvo de acuerdo y pasados unos días tuvo ante sí a los tejedores con el supuesto traje en sus manos.

Comenzaron a vestirlo y como si se tratara de un traje de verdad iban poniéndole cada una de las partes que lo componían.

-Aquí tiene las calzas, tenga cuidado con la casaca, permítame que le ayude con el manto…

El emperador se miraba ante el espejo y fingía contemplar cada una de las partes de su traje, pero en realidad, seguía sin ver nada.

Cuando estuvo vestido salió a la calle y comenzó el desfile y todo el mundo lo contemplaba aclamando la grandiosidad de su traje.

-¡Qué traje tan magnífico!

-¡Qué bordados tan exquisitos!

Hasta que en medio de los elogios se oyó a un niño que dijo:

-¡Pero si está desnudo!

Y todo el pueblo comenzó a gritar lo mismo pero aunque el emperador estaba seguro de que tenían razón, continuó su desfile orgulloso.

  • Mensaje: No tiene por qué ser verdad lo que todo el mundo piensa que es verdad

5) ‘El señor, el niño y el burro’, cuento popular de México

Venían por un camino un señor con su hijo, que tenía unos 11 años de edad. También les acompañaba un burro, que el hombre utilizaba todos los días para cargar leña. Sin embargo, en ese momento el burro ya no tenía que cargar ningún peso, y como el hombre estaba muy cansado, se subió al burro.

Al cabo de un rato, pasaron cerca de un grupo de personas, que se quedaron mirando al hombre y al niño y dijeron una vez que pasaron:

– ¡Qué hombre tan egoísta! Él tan cómodo en el burro y el pobre niño andando… ¡Menudo caradura!

Así que el hombre, abochornado, se bajó del burro y le dijo a su hijo que subiera él. Anduvieron así un buen trecho hasta que se encontraron con otro grupo de personas que les miraron de arriba a abajo y murmuraron:

– ¡Qué niño tan malcriado! Su pobre padre, ya mayor, andando y él tan cómodo en el burro…

Así que el hombre le dijo al niño que bajara del burro y comenzaron a andar, los dos, detrás del animal.

En esto que se encuentran con otro grupo de personas que dijeron:

– ¡Menudo par de tontos! Los dos andando detrás del burro, que va la mar de descansado. ¿Es que a ninguno se le ocurre subir para ir más cómodo?

Y el hombre decidió que debían montar los dos en el burro: su hijo delante y él detrás. Y así anduvieron un rato hasta que otro grupo de personas dijeron:

– ¡Qué barbaridad! ¡Pobre animal! ¿No ven lo cansado que está para cargar con los dos?

El hombre pasó de largo, se encogió de hombros y dijo a su hijo:

– Ya ves, hijo… ¿ves como nunca hay que hacer caso de lo que digan los demás?

  • Mensaje: no hagas caso de las opiniones de los demás, confía en tí mismo.

6) ‘El hombre que contaba historias’, de Oscar Wilde

Había una vez un hombre muy querido en su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber trabajado duro todo el día, se reunían a su alrededor y le decían:

-Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?

El hombre explicaba:

-He visto en el bosque a un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.

-Sigue contando, ¿qué más has visto? -decían los hombres.

-Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.

Y los hombres lo apreciaban porque les contaba historias.

Una mañana el hombre dejó su pueblo, como todas las mañanas… Pero al llegar a la orilla del mar vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y, caminando, llegó cerca del bosque, vio a un fauno que tocaba su flauta y a un corro de silvanos… Aquella noche, cuando regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron:

-Vamos, cuenta: ¿qué has visto?

Él respondió:

-No he visto nada.

  • Mensaje: muchas personas fabulan al contar historias. No creas todo lo que cuentan.

7) ‘Los duendes y el zapatero’, de los Hermanos Grimm

Había una vez un humilde zapatero que era tan pobre que no tenía dinero ni para comprar el cuero que necesitaba para hacer zapatos.

-No sé qué va a ser de nosotros — le decía el zapatero a su mujer-. Si no encuentro un buen comprador o cambia nuestra suerte no podré seguir trabajando. Y si no puedo trabajar, no tendremos dinero para comer.

El zapatero preparó el último trozo de cuero que le quedaba con la intención de terminar su trabajo al día siguiente.

Cuando amaneció el zapatero se dispuso a comenzar su trabajo cuando, de repente, descubrió sobre la mesa de trabajo dos preciosos zapatos terminados. Los zapatos estaban cosidos con tanto esmero que el pobre zapatero no podía creer lo que veía.

Los zapatos eran tan bonitos eran el primer cliente que entró se los llevó y pagó más de su precio por comprarlos. El zapatero fue enseguida a contárselo a su mujer. Después, con el dinero recibido, compró cuero para hacer dos pares de zapatos más.

Como el día anterior, el zapatero cortó el cuero y lo dejó todo listo para terminar el trabajo al día siguiente. Y de nuevo se repitió el milagro. Por la mañana había cuatro zapatos, cosidos y perfectamente terminados, sobre su banco de trabajo. Esa misma mañana entraron varios clientes a la zapatería y compraron los zapatos. Y, como estaban tan bien hechos, pagaron al zapatero más de lo que habitualmente pagaban.

La historia se repitió otra noche y otra más, y otra… Pasó el tiempo, la calidad de los zapatos del zapatero se hizo famosa, y nunca le faltaban clientes en su tienda, ni tampoco dinero, ni comida. Todo le iba de maravilla.

Ya se acercaba la Navidad, cuando el zapatero le dijo a su mujer:

-¿Qué te parece si nos escondemos esta noche para averiguar quién nos está ayudando a hacer los zapatos?

A la mujer le pareció buena la idea. Cuando llegó la noche, los dos esperaron escondidos detrás de un mueble para descubrir quién les ayudaba.

Daban las doce cuando dos pequeños duendes desnudos aparecieron de la nada. Los duendes se subieron a la mesa de un gran salto y se pusieron a coser. En un santiamén terminaron todo el trabajo que el hombre había dejado preparado. De un salto desaparecieron y dejaron al zapatero y a su mujer estupefactos.

-¿Te has fijado en que estos pequeños hombrecillos que vinieron estaban desnudos? -dijo el zapatero a su mujer.

-Podríamos hacerles pequeñas ropitas para que no tengan frío dijo al zapatero su mujer -dijo ella.

El zapatero estaba de acuerdo con su esposa. Y ambos se pusieron a trabajar. Cuando acabaron dejaron colocadas las prendas sobre la mesa en lugar de los patrones de cuero, y por la noche se escondieron tras el mueble para ver cómo reaccionarían los duendes.

Dieron las doce y aparecieron los duendecillos. Al saltar sobre la mesa parecieron asombrados al ver los trajes y, cuando comprobaron que eran de su talla, se vistieron y cantaron:

-¿No somos ya dos chicos bonitos y elegantes? ¿Por qué seguir de zapateros como antes?

Y tal como habían venido, se fueron. Saltando y dando brincos, desaparecieron.

El zapatero y su mujer se sintieron muy contentos al ver a los duendes felices. Y a pesar de que habían anunciado no volvieron nunca más, no los olvidaron, pues estaban muy agradecidos por todo lo que habían hecho por ellos.

El zapatero volvió a trabajar y, como su trabajo era tan famoso, nunca más le faltaron clientes. Y fueron muy felices.

  • Mensaje: el cuento nos enseña a ser agradecidos con los demás.

8) ‘La lechera y el cántaro de leche’

Había una vez una muchacha, cuyo padre era lechero, con un cántaro de leche en la cabeza.

Caminaba ligera y dando grandes zancadas para llegar lo antes posible a la ciudad, a dónde iba para vender la leche que llevaba.

Por el camino empezó a pensar lo que haría con el dinero que le darían a cambio de la leche.

-Compraré un centenar de huevos. O no, mejor tres pollos. ¡Sí, compraré tres pollos!

La muchacha seguía adelante poniendo cuidado de no tropezar mientras su imaginación iba cada vez más y más lejos.

-Criaré los pollos y tendré cada vez más, y aunque aparezca por ahí el zorro y mate algunos, seguro que tengo suficientes para poder comprar un cerdo. Cebaré al cerdo y cuando esté hermoso lo revenderé a buen precio. Entonces compra?e una vaca, y a su ternero también….

Pero de repente, la muchacha tropezó, el cántaro se rompió y con él se fueron la ternera, la vaca, el cerdo y los pollos.

  • Mensaje: la ambición puede jugarte una mala pasada. Aprende el valor del esfuerzo.

9) ‘La ratita presumida’

Había una vez una ratita que era muy presumida. Estaba un día barriendo la puerta de su casa cuando se encontró con una moneda de oro. En cuanto la vio empezó a pensar lo que haría con ella:

-Podría comprarme unos caramelos… pero mejor no, porque me dolerá la barriga. Podría comprarme unos alfileres… no tampoco, porque me podría pincharme… ¡Ya sé! Me compraré una cinta de seda y haré con ella unos lacitos.

Y así lo hizo la ratita. Con su lazo en la cabeza y su lazo en la colita la ratita salió al balcón para que todos la vieran. Entonces apareció por ahí un burro:

-Buenos días ratita, qué guapa estás.

-Muchas gracias señor burro — dijo la ratita con voz presumida

-¿Te quieres casar conmigo?

-Depende. ¿Cómo harás por las noches?

-¡Hiooo, hiooo!

-Uy no no, que me asustarás.

El burro se fue triste y cabizbajo y en ese momento llegó un gallo.

-Buenos días ratita. Hoy estás especialmente guapa, tanto que te tengo que pedir que te cases conmigo. ¿Aceptarás?

-Tal vez. ¿Qué harás por las noches?

-¡Kikirikíiii, kikirikíiiii! — dijo el gallo esforzándose por sonar bien

-¡Ah no! Que me despertarás

Entonces llegó su vecino, un ratoncito que estaba enamorado de ella.

-¡Buenos días vecina!

-Ah, ¡Hola vecino! — dijo sin tan siquiera mirarle

-Estás hoy muy bonita.

-Ya.. gracias pero no puedo entretenerme a hablar contigo, estoy muy ocupada.

El ratoncito se marchó de ahí abatido y entonces llegó el señor gato.

-¡Hola ratita!

-¡Hola señor gato!

-Estás hoy deslumbrante. Dime, ¿querrías casarte conmigo?

-No sé… ¿y cómo harás por las noches?

-¡Miauu, miauu!, dijo el gato con un maullido muy dulce

-¡Claro que sí, contigo me quiero casar!

El día de antes de la boda el señor gato le dijo a la ratita que quería llevarla de picnic al bosque. Mientras el gato preparaba el fuego la ratita cogió la cesta para poner la mesa y…

-¡Pero si la cesta está vacía! Y sólo hay un tenedor y un cuchillo… ¿Dónde estará la comida?

  • ¡Aquíi! ¡Tú eres la comida! — dijo el gato abalanzándose sobre ella.

Pero afortunadamente el ratoncito, que había sospechado del gato desde el primer momento, los había seguido hasta el bosque. Así que al oír esto cogió un palo, le pegó fuego metiéndolo en la hoguera y se lo acercó a la cola del gato. El gato salió despavorido gritando y así logró salvar a la ratita.

-Gracias ratoncito

-De nada ratita. ¿Te querrás casar ahora conmigo?

-¿Y qué harás por las noches?

-¿Yo? Dormir y callar ratita, dormir y callar

Y la ratita y el ratoncito se casaron y fueron muy felices.

  • Mensaje: no te fíes por las apariencias ni te apresures a tomar decisiones.

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10 cuentos cortos para leer con niños y educarles en valores

La lectura es un hábito que debería acompañarnos a lo largo de toda nuestra vida. Es por ello importante que los padres leamos a nuestros hijos si éstos todavía no saben leer y que acerquemos lecturas a los que se inician en este apasionante mundo. Para ayudarte a fomentar el gusto y el placer por los libros y las historias desde la más tierna infancia, te acercamos 10 cuentos cortos para leer con los niños y educarles en valores.

Te invitamos a leer con tus hijs estas lecturas fáciles y cortas de las que se puede extraer una enseñanza o moraleja que puede ayudarles. De esta forma, estaremos creando pequeños lectores, mientras les educamos para ser mejores personas.

1. Cuentos cortos con valores: la liebre y la tortuga

En el mundo de los animales vivía una liebre muy orgullosa, porque ante todos decía que era la más veloz y constantemente se reía de la lenta tortuga.

Un día, a la tortuga se le ocurrió hacerle una rara apuesta a la liebre.

— Estoy segura de poder ganarte una carrera — le dijo.

— ¿A mí? -preguntó, asombrada, la liebre.

— Pues sí, a ti. Pongamos nuestra apuesta en aquella piedra y veamos quién gana la carrera.

La liebre, muy divertida y confiada de su victoria, aceptó y todos los animales se reunieron para presenciar el reto. ¡Comienza la carrera!

Con ese aire de superioridad que tenía, la liebre dejó partir a la tortuga y se quedó remoloneando. ¡Vaya si le sobraba el tiempo para ganarle a tan lerda criatura!

Luego, empezó a correr, corría veloz como el viento mientras la tortuga iba despacio, pero, eso sí, sin parar. Enseguida, la liebre se adelantó tanto que decidió detenerse junto al camino y descansar y ahí se quedó dormida. Mientras tanto, pasito a pasito, y tan ligero como pudo, la tortuga siguió su camino hasta llegar a la meta.

Cuando la liebre se despertó y se percató de lo que ocurría, corrió con todas sus fuerzas pero ya era demasiado tarde, la tortuga había ganado la carrera.

Aquel día fue muy triste para la liebre y aprendió una lección que no olvidaría jamás: No hay que burlarse jamás de los demás.

2. La gallina de los huevos de oro, cuentos cortos infantiles 

Érase un labrador tan pobre, tan pobre, que ni siquiera poseía una vaca. Un día, trabajando en el campo y lamentándose de su suerte, apareció un enanito que le dijo:

— Buen hombre, he oído tus lamentaciones y voy a hacer que tu fortuna cambie. Toma esta gallina, es tan maravillosa que todos los días pone un huevo de oro.

El enanito desapareció sin más ni más y el labrador llevó la gallina a su corral.

Al día siguiente, ¡oh sorpresa!, encontró un huevo de oro. Lo puso en una cestita y se fue con ella a la ciudad, donde vendió el huevo por un alto precio. Al día siguiente, loco de alegría, encontró otro huevo de oro.

¡Por fin la fortuna había entrado a su casa! Todos los días tenía un nuevo huevo. Fue así que poco a poco, con el producto de la venta de los huevos, fue convirtiéndose en el hombre más rico de la comarca.

Sin embargo, una insensata avaricia hizo presa su corazón y pensó:

— ¿Por qué esperar a que cada día la gallina ponga un huevo? Mejor la mato y descubriré la mina de oro que lleva dentro.

Y así lo hizo, pero en el interior de la gallina no encontró ninguna mina.

A causa de la avaricia tan desmedida que tuvo, este bobo aldeano malogró la fortuna que tenía.

3. Cuento corto sobre las madres y los hijos: El ángel de los niños

Cuenta una leyenda que a un angelito que estaba en el cielo, le tocó su turno de nacer como niño y le dijo un día a Dios:

— Me dicen que me vas a enviar mañana a la tierra. ¿Pero, cómo vivir? tan pequeño e indefenso como soy…

— Entre muchos ángeles escogí uno para ti, que te esta esperando en la Tierra y que te cuidara.

— Pero dime, aquí en el cielo no hago más que cantar y sonreír, eso basta para ser feliz.

— Tu ángel te cantará, te sonreirá todos los días y tu sentirás su amor y serás feliz.

— ¿Y como entender lo que la gente me hable, si no conozco el extraño idioma que hablan los hombres?

— Tu ángel te dirá las palabras mas dulces y más tiernas que puedas escuchar y con mucha paciencia y con cariño te enseñará a hablar.

— He oído que en la tierra hay hombres malos. ¿Quién me defenderá?

— Tu ángel te defenderá mas aún a costa de su propia vida.

En ese instante, una gran paz reinaba en el cielo pero ya se oían voces terrestres, y el niño presuroso repetía con lágrimas en sus ojitos sollozando…

— ¡¡Dios mío, si ya me voy dime su nombre!!. ¿Cómo se llama mi ángel?

— Su nombre no importa, tu le dirás : MAMÁ.

4. Cuento corto con moraleja: El león y el ratón

Érase una vez, un ratón que iba caminando muy distraído cuando, sin darse cuenta, se encaramó por el lomo de un león que andaba echándose la siesta. El león, que comenzó a notar unas leves cosquillas, se rascó pero… al pasar la zarpa por su lomo, notó algo extraño: 

— Pero, ¿qué es esto? — dijo sorprendido atrapando al pequeño ratón entre sus garras y acercándoselo a la cara. — ¡Mmmmm, qué suerte tengo, la comida viene a mi hoy!

Pero cuando iba a abrir sus fauces para comerse al pequeño ratón, el pequeño animal que sorprendido y aterrado comenzo a temblar, se atrevió a decir:

— Señor león, no sabía que estaba sober usted, tiene que perdonarme.  Sálveme la vida y quizás, algún día, pueda yo salvar la tuya.

El león, al escuchar aquella vocecilla no pudo por menos que echarse a reír.

— ¡Qué ocurrencia! ¿Cómo tú, un insignificante y pequeño ratón va a salvarme a mi, el más grande de todos los animales, el rey?- sentenció. Sin embargo, no se puede dudar de que eres gracioso y demasiado pequeño para que el bocado me sepa a algo. Te dejaré ir.

Pasaron los días, las semanas y los meses y, un buen día el ratón comenzó a escuchar unos fuertes aullidos. Se encontró al león, atrapado en una red que los hombres habían puesto para cazarlo.

— Señor león, hace un tiempo usted me salvó la vida. Hoy, yo salvaré la suya.

El ratoncito, comenzó a roer las cuerdas que aprisionaban al león y, en unos instantes, pudo zafarse de las redes y escapar de la trampa.

Mientras se alejaban, el león agradecido le dijo al ratón: 

— Nunca pensé que alguien tan pequeño y tan insignificante como tú, pudiera alguna vez salvarme la vida como lo has hecho hoy.  

5. El rey Midas. Cuento corto para educar en valores

Había una vez un rey muy bueno que se llamaba Midas. Sólo que tenía un defecto: quería tener para él todo el oro del mundo.

Un día el rey midas le hizo un favor a un dios. El dios le dijo:

— Lo que me pidas, te concederé.

— Quiero que se convierta en oro todo lo que toque — dijo Midas.

— ¡Qué deseo más tonto, Midas! Eso puede traerte problemas, Piénsalo, Midas, piénsalo.

— Eso es lo único que quiero.

— Así sea, pues — dijo el dios.

Y fueron convirtiéndose en oro los vestidos que llevaba Midas, una rama que tocó, las puertas de su casa. Hasta el perro que salió a saludarlo se convirtió en una estatua de oro.

Y Midas comenzó a preocuparse. Lo más grave fue que cuando quiso comer, todos los alimentos se volvieron de oro. Entonces Midas no aguantó más. Salió corriendo espantado en busca del dios.

— Te lo dije, Midas — dijo el dios-, te lo dije. Pero ahora no puedo librarte del don que te di. Ve al río y métete al agua. Si al salir del río no eres libre, ya no tendrás remedio.

Midas corrió hasta el río y se hundió en sus aguas. Así estuvo un buen rato. Luego salió con bastante miedo. Las ramas del árbol que tocó adrede, siguieron verdes y frescas.

¡Midas era libre! Desde entonces el rey vivió en una choza que él mismo construyó en el bosque. Y ahí murió tranquilo como el campesino más humilde.

Leer +: El cuento del rey Mida en inglés

6. El hombre que nunca mintió. Cuento corto africano

Érase una vez un hombre muy sabio llamado Mamad. Este hombre era diferente a los demás, Mamad nunca había mentido. Todas las personas de la tierra, incluso aquellas que vivían a veinte días de distancia, sabían de él. Era admirado y venerado por todos

Un buen día, el rey de un lejano reino africano se enteró de la existencia de Mamad y ordenó a sus súbditos que lo llevaran al palacio. El hombre sabió entro al gran salón de palacio y se presentó ante el rey, quien le preguntó:

— Mamad, ¿es verdad que nunca has mentido?

— Sí, lo que cuentan es verdad, nunca he mentido.  

— Está bien, es posible que digas la verdad, ¡pero ten cuidado! La mentira es astuta y te llega a la lengua fácilmente, sentenció el rey no muy convencido de que Mamad no dijera una mentira en toda su vida.

Pasaron varios días y el rey volvió a llamar a Mamad. Cuando llegó, el rey estaba a punto de ir a cazar y sostenía a su caballo por la melena, su pie izquierdo ya estaba en el estribo pero, antes de montar miró a Mamad y le ordenó: 

— Ve a mi palacio de verano y dile a la reina que estaré con ella para almorzar. Dile que prepare una gran fiesta. Entonces almorzarás con nosotros.

Mamad se inclinó y fue a ver a la reina para transmitirle el mensaje del rey, pero éste que era astuto y le gustaba ponera prueba a las personas, se rió y dijo al resto de súbditos que le acompañaban: 

— No iremos a cazar, así Mamad irá a la reina y le contará un cuento, será su primera mentira,- dijo dando grandes risotadas,- Mañana nos reiremos mucho de él cuando se dé cuenta que no dijo la verdad.

Pero el sabio Mamad, que era mucho más astuto que el rey fue al palacio y dijo:

— Tal vez deberías preparar una gran fiesta para el almuerzo de mañana, y tal vez no deberías. Tal vez el rey vendrá al mediodía, y tal vez no lo hará.

— Dime, ¿vendrá o no? — preguntó la reina contrariada.

— No sé si el rey puso su pie derecho en el otro estribo cuando me fui o bajó al suelo su pie izquierdo y descabalgó, contestó satisfecho Mamad.

Al día siguiente, todos esperaban al rey. Cuanto entró al salón donde estaba la reina, le dijo orgulloso de haber sido el hombre que lograra hacer mentir al sabio Mamad: 

— Mi reina, el sabio Mamad, ese hombre que nunca miente, te mintió ayer.

Pero la reina le dijo, palabra por palabra, lo que Mamad le había dicho. En ese momento, el rey se dio cuenta de que era cierto, aquel hombre tan sabio y conocido en todos los rincones nunca mentía.

— Mamad solo dice lo que ve con sus propios ojos, dijo muy pensativo.

7. Cuento corto con moraleja: el caballo y el asno

Un hombre tenía un caballo y un asno. Un día que ambos iban camino a la ciudad, el asno, sintiéndose cansado, le dijo al caballo:

— Toma una parte de mi carga si te interesa mi vida.

El caballo haciéndose el sordo no dijo nada y el asno cayó víctima de la fatiga, y murió allí mismo.

Entonces el dueño echó toda la carga encima del caballo, incluso la piel del asno. Y el caballo, suspirando dijo:

— ¡Qué mala suerte tengo! ¡Por no haber querido cargar con un ligero fardo ahora tengo que cargar con todo, y hasta con la piel del asno encima!

Cada vez que no tiendes tu mano para ayudar a tu prójimo que honestamente te lo pide, sin que lo notes en ese momento, en realidad te estás perjudicando a ti mismo.

8. La gallinita colorada. Relatos cortos para niños

Había una vez, una gallinita colorada que encontró un grano de trigo.

-Quién sembrará este trigo?, preguntó.

— Yo no, dijo el cerdo.

— Yo no, dijo el gato.

— Yo no, dijo el perro.

— Yo no, dijo el pavo. 

— Pues entonces, dijo la gallinita colorada, lo haré yo. Clo-clo!

Y ella sembró el granito de trigo. Muy pronto el trigo empezó a crecer asomando por encima de la tierra. Sobre él brilló el sol y cayó la lluvia, y el trigo siguió creciendo y creciendo hasta que estuvo muy alto y maduro.

— ¿Quién cortará este trigo?, preguntó la gallinita.

— Yo no, dijo el cerdo.

— Yo no, dijo el gato.

— Yo no, dijo el perro.

— Yo no, dijo el pavo. 

— Pues entonces, dijo la gallinita colorada, lo haré yo. Clo-clo!

Y ella cortó el trigo.

-¿Quién trillará este trigo?, dijo la gallinita.

— Yo no, dijo el cerdo.

— Yo no, dijo el gato.

— Yo no, dijo el perro.

— Yo no, dijo el pavo. 

— Pues entonces, dijo la gallinita colorada, lo haré yo. Clo-clo!

Y ella trilló el trigo.

— ¿Quién llevará este trigo al molino para que lo conviertan en harina?, preguntó la gallinita.

— Yo no, dijo el cerdo.

— Yo no, dijo el gato.

— Yo no, dijo el perro.

— Yo no, dijo el pavo. 

— Pues entonces, dijo la gallinita colorada, lo haré yo. Clo-clo!

Y ella llevó el trigo al molino y muy pronto volvió con una bolsa de harina.

— ¿Quién amasará esta harina?, preguntó la gallinita.

— Yo no, dijo el cerdo.

— Yo no, dijo el gato.

— Yo no, dijo el perro.

— Yo no, dijo el pavo. 

— Pues entonces, dijo la gallinita colorada, lo haré yo. Clo-clo!

Y ella amasó la harina y horneó un rico pan.

— ¿Quién comerá este pan?, preguntó la gallinita.

— ¡Yo!, dijo el cerdo.

— ¡Yo!, dijo el gato.

— ¡Yo!, dijo el perro.

— ¡Yo!, dijo el pavo.

— Pues no, dijo la gallinita colorada. Lo comeré YO. Clo- clo!.

Y se comió el pan con sus pollitos.

Ver: dibujo de una gallina con sus polluelos para colorear

9. Cuento infantil corto: Los tres perezosos

Érase una vez un padre que tenía tres hijos muy perezosos. Se puso enfermo y mandó llamar al notario para hacer testamento:

— Señor notario -le dijo- lo único que tengo es un burro y quisiera que fuera para el más perezoso de mis hijos.

Al poco tiempo el hombre murió y el notario los mandó llamar para leerles el testamento y a continuación les explicó:

— Ahora tengo que saber cual de los tres es el más perezoso.

Y dirigiéndose al hermano mayor le dijo:

— Empieza tú a darme pruebas de tu pereza.

— Yo, -contestó el mayor- no tengo ganas de contar nada.

— ¡Habla y rápido! si no quieres que te meta en la cárcel.

— Una vez -explicó el mayor- se me metió una brasa ardiendo dentro del zapato y aunque me estaba quemando me dio mucha pereza moverme, menos mal que unos amigos se dieron cuenta y la apagaron.

— Sí que eres perezoso -dijo el notario- yo habría dejado que te quemaras para saber cuánto tiempo aguantabas la brasa dentro del zapato.

A continuación se volvió al segundo hermano:

— Es tu turno cuéntanos algo.

— ¿A mí también me meterá en la cárcel si no hablo?

— Puedes estar seguro.

— Una vez me caí al mar y, aunque sé nadar, me entró tal pereza que no tenía ganas de mover los brazos ni las piernas. Menos mal que un barco de pescadores me recogió cuando ya estaba a punto de ahogarme.

— Otro perezoso -dijo el notario- yo te habría dejado en el agua hasta que hubieras hecho algún esfuerzo para salvarte.

Por último se dirigió al más pequeño de los tres hermanos:

— Te toca hablar, a ver qué pruebas nos das de tu pereza.

— Señor notario, a mí lléveme a la cárcel y quédese con el burro porque yo no tengo ninguna gana de hablar.

Y exclamó el notario:

— Para tí es el burro porque no hay duda que tú eres el más perezoso de los tres.

10. Cuento con moraleja: la zorra y las uvas

Un día, una zorra vio un hermoso racimo de uvas maduras que colgaban de una enredadera.

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