Rey midas cuento corto: El rey Midas. Cuento infantil para educar en valores

Rey midas cuento corto: El rey Midas. Cuento infantil para educar en valores

El rey Midas. Cuento infantil para educar en valores

El rey Midas, aunque muchos no lo sepan, es una historia procedente de la mitología griega. Por lo tanto, es una estupenda forma de enseñar estos relatos clásicos a los niños, al mismo tiempo que les educamos en valores.

Y es que, este relato corto tiene una moraleja: la persona ignorante rara vez alcanza la felicidad, pues no sabe valorar lo que tiene. La historia del rey Midas, así lo demuestra.

Ver +: Cuentos de la mitología griega para niños

Migología griega para niños: Cuento del Rey Midas

Había una vez un rey muy bueno que se llamaba Midas.

Sólo que tenía un defecto: que quería tener para él todo el oro del mundo.

Un día el rey Midas le hizo un favor al dios Dionisos, cuido de una pesona de su séquito con mucha amabiliad. Y Diosisos agradecido le dijo:

— Lo que me pidas, te concederé.

— Quiero que se convierta en oro todo lo que toque — dijo Midas.

— ¡Qué deseo más absurdo, Midas! Eso puede traerte problemas. Piénsalo, Midas, piénsalo.

— Eso es lo único que quiero.

— Así sea, pues — dijo el dios.

Y fueron convirtiéndose en oro los vestidos que llevaba Midas, una rama que tocó, las puertas de su casa. Hasta el perro que salió a saludarlo se convirtió en una estatua de oro.

Y Midas comenzó a preocuparse. Lo más grave fue que cuando quiso comer, porque todos los alimentos se volvieron de oro. Entonces Midas no aguantó más. Estaba a punto de morir porque ni siquiera podía comer. Salió corriendo espantado en busca de Dionisos.

— Te lo dije, Midas — sentenció el dios Dionisos-, te lo dije. Te has comportado como un estúpido. Si quieres salvar tu vida, báñate en la fuente donde nace el río Pactolo, y perderás al instante el don que te di. 

Midas corrió hasta el río y se hundió en sus aguas. Así estuvo un buen rato. Luego salió con bastante miedo. Las ramas del árbol que tocó adrede, siguieron verdes y frescas.

¡Midas era libre! Desde entonces el rey vivió en una choza que él mismo construyó en el bosque. Y ahí murió tranquilo como el campesino más humilde.

Y sí, esa también es la razón por la que hay tanto oro en las arenas del río Pactolo, porque allí fue donde se bañó el alocado rey Midas para dejar de ser el rey más rico del mundo, y también el más desdichado.

FIN

Moraleja: El mito de Midas nos invita a una reflexión sobre las cosas que realmente tienen valor en la vida, por encima de las riquezas. 

Actividades de comprensión lectora

— El dios Dionisos ofrece a Midas un don, ¿por qué es tan generoso con él?

— Midas se da cuenta en seguida del error que ha cometido, ¿qué tragedia se desencadena por culpa del don que pidió?

— ¿Qué defectos crees que tiene el rey Midas del cuento?

— ¿Qué don pedirías tú si el dios Dionisos te ofreciera esa posibilidad?

Más cuentos de la mitología griega

  • La caja de Pandora
  • Teseo y el Minotauro
  • Jasón y el vellocino de oro
  • El mito de Ícaro
  • El mito de Sísifo
  • Caballo de Troya
  • Perseo y Medusa

 

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Cuento de El rey Midas

rase
una vez un rey muy rico cuyo nombre era Midas.
Tena ms oro que nadie en todo el mundo, pero
a pesar de eso no le pareca suficiente. Nunca
se alegraba tanto como cuando obtena ms oro
para sumar en sus arcas. Lo almacenaba en las
grandes bvedas subterrneas de su palacio, y
pasaba muchas horas del da contndolo una y
otra vez.

Midas tena una hija llamada Calndula. La
amaba con devocin, y deca: «Ser la
princesa ms rica del mundo». Pero la
pequea Calndula no daba importancia a su
fortuna. Amaba su jardn, sus flores y el brillo
del sol ms que todas las riquezas de su padre.
Era una nia muy solitaria, pues su padre
siempre estaba buscando nuevas maneras de
conseguir oro, y contando el que tena, as que
rara vez le contaba cuentos o sala a pasear con
ella, como deberan hacer todos los padres.

Un da el rey Midas estaba en su sala del tesoro.
Haba echado la llave a las gruesas puertas y
haba abierto sus grandes cofres de oro. Lo
apilaba sobre mesa y lo tocaba con adoracin. Lo
dejaba escurrir entre los dedos y sonrea al
or el tintineo, como si fuera una dulce msica.
De pronto una sombre cay sobre la pila del oro.
Al volverse, el rey vio a un sonriente
desconocido de reluciente atuendo blanco. Midas
se sobresalt. Estaba seguro de haber
atrancado la puerta! Su tesoro no estaba seguro!
Pero el desconocido se limitaba a sonrer.

— Tienes mucho oro, rey Midas -dijo. «S -respondi
el rey-, pero es muy poco comparado con todo el
oro que hay en el mundo.» «Qu? No
ests satisfecho?» -pregunt el
desconocido. «Satisfecho? -exclam el rey-.
Claro que no. Paso muchas noches en vela
planeando nuevos modos de obtener ms oro.
Ojal todo lo que tocara se transformara en oro.»
«De veras deseas eso, rey Midas?».
«Claro que s. Nada me hara ms feliz.»
«Entonces se cumplir tu deseo. Maana por
la maana, cuando los primeros rayos del sol
entren por tu ventana, tendrs el toque de oro. «

Apenas hubo dicho estas palabras, el desconocido
desapareci. El rey Midas se frot los ojos.
«Debo haber soado -se dijo- , pero qu
feliz sera si eso fuera cierto». A la
maana siguiente el rey Midas despert cuando
las primeras luces aclararon el cielo. Extendi
la mano y toc las mantas. Nada sucedi. «Saba
que no poda ser cierto», suspir. En ese
momento los primeros rayos del sol entraron por
la ventana. Las mantas donde el rey Midas apoyaba
la mano se convirtieron en oro puro. «Es
verdad! -exclam con regocijo-. Es verdad!».

Se levant y corri por la habitacin tocando
todo. Su bata, sus pantuflas, los muebles, todo
se convirti en oro. Mir por la ventana, hacia
el jardn de Calndula. «Le dar una
grata sorpresa», pens. Baj al jardn,
tocando todas las flores de Calndula y
transformndolas en oro. «Ella estar muy
complacida», se dijo.

Regres a su habitacin para esperar el
desayuno, y recogi el libro que lea la noche
anterior, pero en cuanto lo toc se convirti
en oro macizo. «Ahora no puedo leer -dijo-,
pero desde luego es mucho mejor que sea de oro».
Un criado entr con el desayuno del rey. «Qu
bien luce -dijo-. Ante todo quiero ese melocotn
rojo y maduro.» Tom el melocotn con la
mano, pero antes que pudiera saborearlo se haba
convertido en una pepita de oro. El rey Midas lo
dej en la bandeja. «Es precioso, pero no
puedo comerlo», se lament. Levant un
panecillo, pero tambin se convirti en oro.

En ese momento se abri la puerta y entr la
pequea Calndula. Sollozaba amargamente, y
traa en la mano una de sus rosas.» Qu
sucede, hijita?», pregunt el rey. «Oh,
padre! Mira lo que ha pasado con mis rosas!
Estn feas y rgidas!». «Pues son
rosas de oro, nia. No te parecen ms bellas
que antes?». «No -gimi la nia-, no
tienen ese dulce olor. No crecern ms. Me
gustan las rosas vivas». «No importa -dijo
el rey-, ahora toma tu desayuno». Pero
Calndula not que su padre no coma y que
estaba muy triste. «Qu sucede, querido
padre?», pregunt, acercndose. Le ech
los brazos al cuello y l la bes, pero de
pronto el rey grit de espanto y angustia. En
cuanto la toc, el adorable rostro de Calndula
se convirti en oro reluciente. Sus ojos no
vean, sus labios no podan besarlo, sus
bracitos no podan estrecharlo. Ya no era una
hija risuea y cariosa, sino una pequea
estatua de oro. El rey Midas agach la cabeza,
rompiendo a llorar. «Eres feliz, rey Midas?»,
dijo una voz. Al volverse, Midas vio al
desconocido. «Feliz! Cmo puedes
preguntrmelo? Soy el hombre ms desdichado
de este mundo!», dijo el rey. «Tienes
el toque de oro -replic el desconocido-. No
es suficiente?». El rey Midas no alz la
cabeza ni respondi. «Qu prefieres,
comida y un vaso de agua fra o estas pepitas de
oro?». El rey Midas no pudo responder.
«Qu prefieres, oh rey, esa pequea
estatua de oro, o una nia vivaracha y cariosa?».
«Oh, devulveme a mi pequea Calndula y
te dar todo el oro que tengo -dijo el rey-. He
perdido todo lo que tena de valioso.»
«Eres ms sabio que ayer, rey Midas -dijo
el desconocido-. Zambllete en el ro que corre
al pie de tu jardn, luego recoge un poco de
agua y arrjala sobre aquello que quieras volver
a su antigua forma.

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